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Fecha
de publicación: lunes 1 de mayo de 2006
Los
jaguares del noreste
Media
docena de jaguares en un área de 20 000 hectáreas no parece
gran cosa. Pero es una cantidad considerable si se toma en cuenta que
ese felino —el mayor de América y el tercero del mundo por
su tamaño— es un gran depredador y cada ejemplar requiere
un amplio territorio de caza. Por ello, los biólogos se encuentran
muy satisfe-chos de que en la Reserva de la Biósfera de Ría
Lagartos, en el noreste de Yucatán cerca de los límites
con Quintana Roo, se haya encontrado una población de jaguares
de esa magnitud. Sobre todo porque en aquella zona la intensa deforestación
para abrir cam-pos ganaderos ha reducido a sólo una quinta parte
la superficie original de selvas bajas y medianas, que constituyen el
principal hábitat de esa especie. Además, durante años
el jaguar ha sido objeto de intensa cacería, tanto por su hermosa
piel como porque los ganaderos lo consideran una amenaza para sus reses.
En tales condiciones, una pobla-ción de seis jaguares en 200 kilómetros
cuadrados resulta considerable.
Además
—y esto es también importante— durante el estudio se
encontró buen número de ocelotes, tigrillos, pumas, venados,
jabalíes, pisotes, pavos de monte, zorras grises y otros animales,
lo cual denota la existencia de una nutrida fauna silvestre.
El hallazgo
de esta concentración de jaguares en el noreste de la península
de Yucatán es resultado de un estudio realizado por los biólogos
Juan Carlos Faller, de la organización Pronatura Península
de Yucatán, Gerardo Ceballos y Cuauhtémoc Chávez,
del Instituto de Ecología de la UNAM, y Stacey Johnson del Zoológico
de Fort Worth, Texas. Esta investigación —dicho sea de paso—
es la primera de su tipo que se realiza en el norte de la península.
Hasta entonces, los estudios sobre ecología, magnitud de las poblaciones
y conservación del jaguar, se habían limitado a Belice y
a la Reserva de Ca-lakmul, en el sur de Campeche.
La presencia
de jaguares se determinó mediante el uso de cámaras-trampa
foto-gráficas, que se disparan cuando el animal se aproxima. Este
es uno de los métodos más adecuados para monitorear especies
raras y que por el color y diseño de su pelaje se confunden con
la vegetación, y además tiene la ventaja de que como cada
jaguar posee un patrón característico de manchas, se le
puede identificar individualmente. Por ello, aunque se obtuvieron numerosas
fotografías, se pudo establecer que correspondían a seis
ejemplares distintos.
Por lo
demás, al extrapolar los resultados de este estudio, los investigadores
lle-garon a la conclusión de que en el rincón noreste de
la península, en un área de 400 000 hectáreas situadas
al norte de los primeros 80 kilómetros de la carretera Cancún-Mérida,
puede haber todavía, a pesar de los desmontes y otras afectaciones
al medio ambiente, entre 133 y 267 jaguares en edad reproductiva, lo cual
es un buen número dado —repetimos— que se trata de
animales solitarios que requieren de amplios territo-rios.
Esta es,
sin embargo, la parte positiva de la cuestión. El lado negativo
es que esa población podría estar cerca del límite
de su persistencia a largo plazo.
El problema
estriba en el aislamiento. Cuando un pequeño número de animales
se mantiene confinado en determinada área, los repetidos cruzamientos
entre ellos propi-cian la aparición de rasgos genéticos
recesivos que por lo general son negativos y causan enfermedades o defectos
orgánicos y por tanto el progresivo deterioro de sus posibilida-des
de supervivencia. En este caso, la población de jaguares del noreste
se encuentra aislada de las que se hallan más al sur y el suroeste,
como las del centro de la penínsu-la, la Reserva de Sian Ka’an
y la de Calakmul: la autopista Cancún-Mérida, con su doble
barrera de alambre de púas a los costados del camino, actúa
como un obstáculo infran-queable. Además, la deforestación
ha eliminado en su casi totalidad la vegetación sel-vática
por la cual los jaguares podrían desplazarse hacia otras zonas.
Si no se encuen-tran medios de romper ese aislamiento, seguirán
prisioneros en un área que —por otro lado— irá
reduciéndose como ha venido ocurriendo durante las últimas
décadas. Pero por lo pronto, es muy satisfactorio que —contra
lo que muchos pensaban— el jaguar no haya desaparecido del rincón
nororiental de la península sino que siga siendo relativa-mente
abundante.
Para terminar,
un recordatorio: hoy es primero de mayo, el día sin transnaciona-les.
Hoy, por solidaridad con los mexicanos del otro lado no debemos consumir
produc-tos norteamericanos ni en establecimientos norteamericanos.
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Fecha
de publicación: lunes 24 de abril de 2006
Dios
y ciencia, cada cosa en su lugar
Cuando
uno se aventura por el espinoso y confuso campo de la teología,
se topa con extrañas contradicciones. Por ejemplo, que la idea
misma de la existencia de un dios implica que no puede existir. La cuestión
estriba en que, si ese dios es el creador de todo lo que existe, entonces
no puede ser una de las cosas que existen, pues signifi-caría que
se creó a sí mismo, y para ello tendría que haber
existido cuando no existía nada, ni siquiera él mismo.
Para resolver
la contradicción, Tomás de Aquino sentenció que “Dios
está com-pletamente fuera del orden de las cosas”. Otros
teólogos católicos establecieron senci-llamente que Dios
está más allá de toda afirmación y toda negación,
incluida la afirma-ción de que existe. Otros más se inclinaron
por la idea de que la existencia de Dios es tan diferente a todo tipo
de existencia como la conocemos, que está más allá
de ese concepto y por ende resulta ocioso debatir sobre si existe o no.
Estoy
de acuerdo con ese punto de vista. En Dios se cree o no se cree, y punto.
Resulta inútil y superfluo discutir sobre su existencia o inexistencia.
Sobre todo si se pretende fincar el debate en argumentos científicos,
como ocurre con la llamada teoría del diseño inteligente,
cuya enseñanza se está tratando de implantar en las escuelas
norteamericanas —y podemos apostar que pronto se intentará
lo mismo en México— co-mo alternativa a la teoría
darwiniana de la evolución y dándole el mismo nivel que
a ésta.
En realidad,
a diferencia de la de Darwin, que cumple todas las características
del pensamiento científico, la del diseño inteligente ni
es teoría ni es inteligente. Se basa sólo en la ignorancia,
en la afirmación de que la evolución es un proceso tan com-plicado
que resulta imposible que pudiera haber ocurrido por sí solo y
los seres vivientes sean resultado de él. Por lo tanto, si no son
producto de hechos naturales, tienen que haber sido obra de “algo”
o “alguien” (léase Dios), que diseñó
y construyó el Universo. Es algo así como el razonamiento
de quien, hace tres o cuatro mil años, hubiera dicho que como el
agua es pesada, no puede elevarse y quedar suspendida en el aire, y por
lo tanto si cae del cielo es porque un dios la arroja.
Para simular
que se trata de una cuestión científica, la llamada teoría
del diseño inteligente se presenta ricamente aderezada con explicaciones
sobre física, bioquímica, anatomía, genética,
histología y otras disciplinas. Pero eso es sólo el barniz.
Esa supues-ta teoría es pura y llanamente religión, no ciencia.
Y mal podría serlo, pues una y otra son tan distintas como el agua
y el aceite. La religión se basa en la fe. La ciencia en las evidencias
y los hechos comprobables. Por eso resulta absurdo, contradictorio y hasta
grotesco, que ahora se pretenda usar la ciencia —que se nutre con
la duda y el escepti-cismo— para demostrar la existencia de Dios,
la cual se funda en la aceptación ciega y sin discusión.
Incluso
pensadores cristianos rechazan esos intentos. El arzobispo de Canterbury,
en la Gran Bretaña, dice que la teoría del diseño
inteligente devalúa la Biblia al reducir-la a la condición
de “una teoría más” sobre el origen de la vida.
Y Gilbert Markus, teó-logo y antiguo fraile dominico británico,
investigador en la universidad de Glascow, es-cribió recientemente
al respecto: “El cristianismo no puede ser introducido subrepti-ciamente
en las escuelas disfrazado como teoría científica. De hecho,
no puede ser una teoría científica, incluso en sus propios
términos. Las ciencias naturales investigan en el campo del orden
de las cosas existentes. Los cristianos creen en Dios como el creador
de un universo en el cual son posibles las explicaciones científicas.
Por lo tanto, Dios no puede ser parte de ese orden científicamente
explicable. La palabra Dios nunca puede ser la respuesta a una pregunta
científica.”
Así
es. Quien quiera creer en un dios, sea cual sea —lo mismo un anciano
de blan-cas barbas que el irrepresentable dios de los musulmanes o el
regordete Buda—, y que ese dios creó todo lo que hay a nuestro
alrededor, está en libertad de hacerlo y no re-quiere para ello
de prueba científica alguna. Basta su fe. Y quien —después
de examinar y analizar las evidencias científicas— conciba
la naturaleza como el producto de fenó-menos físicos y de
la evolución por selección natural, también es libre
de mantener esa opinión. Pero vamos dejando a la religión
en su lugar y a la ciencia en el suyo. Ninguna puede servir a la otra,
o tan siquiera mezclarse con ella. Si entran en contacto, entran también
en conflicto.
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Fecha
de publicación: lunes 2 de enero de 2006
El
espejismo de la energía verde
En los
últimos tiempos, algunos grupos ambientalistas, gobiernos y grandes
em-presas transnacionales han estado promoviendo lo que a primera vista
parece una exce-lente solución al problema energético: la
llamada energía verde, que consiste en el cul-tivo de plantas oleaginosas
—especialmente palmas— para producir biodiesel. Es decir,
un combustible elaborado a partir del aceite de los frutos de esas plantas.
Como
decíamos, eso se antoja una medida muy inteligente y ecológicamente
ati-nada. En lugar de agotar los yacimientos de petróleo, que no
son renovables, se puede cultivar combustible orgánico, que además
de ser renovable tiene otras importantes ventajas: no es tóxico,
es biodegradable, no contiene azufre y al quemarse práctica-mente
no produce sustancias nocivas que contaminen el aire.
El uso
de combustible a base de aceite vegetal se remonta a 1900, cuando Ru-dolph
Diesel lo empleó por primera vez en el motor que lleva su nombre,
pero por la abundancia y el bajo costo del petróleo no se le prestó
mayor atención, salvo durante la Segunda Guerra Mundial. Fue sólo
hasta la década de los 70, cuando la crisis energética y
el encarecimiento del petróleo lo hicieron atractivo. La primera
refinería piloto se construyó en 1985, y hoy el biodiesel
se produce en varios países, como Alemania, Aus-tria, Canadá,
Estados Unidos, Francia, Italia, Malasia y Suecia. Tanto en Europa como
en Estados Unidos, se vende mezclado con diesel de petróleo hasta
en proporción del 20%.
En México,
en abril del año que acaba de concluir, la presidencia de la República
anunció —a propósito de la visita de una misión
comercial de Malasia— su intención de impulsar el cultivo
de palma africana Elaeis guinneensis y otras palmas oleaginosas. Hay,
dijo, un millón de hectáreas apropiadas para sembrarlas,
pero sólo se aprovechan menos de 37 000, principalmente en Campeche,
Chiapas, Tabasco y Veracruz. No dijo la presidencia que el aceite sea
para producir biodiesel, pero evidentemente ese es el propósito,
pues Malasia es actualmente el principal productor de ese combustible.
Estamos,
así, ante la posibilidad de que las compañías petroleras
se nos metan por la puerta trasera, como productoras de biodiesel. Y esto
implica un insospechado peligro, pues cuando se elogian las grandes ventajas
de la llamada energía verde, por ignorancia o deliberadamente se
pasa por alto un pequeño detalle: que destinar buenos suelos al
cultivo de palmas oleaginosas implica reducir la superficie destinada
a sem-bradíos de alimentos. Y no se trata de unas cuantas hectáreas,
sino de superficies in-mensas.
Según
cálculos del biólogo Jeffrey Duques, el carbón y
el petróleo que ahora con-sumimos en un año, y que provienen
de restos de plantas y animales transformados a lo largo de las eras geológicas,
equivalen a 400 veces la productividad biológica anual de la Tierra,
o sea la masa total de plantas y animales que se producen en un año
en todo el planeta. Para decirlo en otros términos: cada año
quemamos el equivalente de cuatro siglos de plantas y animales. Esto da
una idea de la cantidad de tierra laborable que se necesitaría
para reemplazar los combustibles fósiles por biodiesel.
El uso
de combustibles orgánicos está siendo impulsado principalmente
en la Unión Europea, que por ley exige que los combustibles convencionales
obtenidos del petróleo se mezclen con biocombustibles, y para ello
otorga generosos subsidios a los fabricantes... aunque esos subsidios
no llegan a manos de los campesinos productores de aceite, la materia
prima con que se elabora el combustible.
El negocio
está en auge. Casi no pasa mes sin que se anuncie la construcción
de una nueva refinería de biodiesel. Y para abastecerla, se abren
nuevas plantaciones de palma, cuyos frutos son los más baratos
y de mayor rendimiento. Por supuesto, eso con-lleva la deforestación
de enormes superficies. Tan sólo en las islas de Sumatra y Borneo,
en Indonesia, se han convertido en plantaciones cuatro millones de hectáreas
de selva, y ya se ha anunciado la creación de otros 16.5 millones
de hectáreas de palmares. En Malasia, se proyecta destinar a ese
fin otros seis millones de hectáreas. Son millones y millones de
hectáreas que dejan de producir alimentos capaces de saciar el
hambre de millones de personas y en cambio producen aceite para saciar
la sed de combustible de los automóviles en Europa y los Estados
Unidos.
La energía
verde resulta así sólo un espejismo.
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Publicado en la revista Contenido, N°
508, Octubre de 2005
Redibujando
el Sistema Solar
En los
últimos años los astrónomos han anunciado media docena
de veces el des-cubrimiento del décimo planeta, aunque en cada
ocasión se trata de uno diferente, co-mo Sedna, 2003 EL61, Quaoar,
Varuna, 2002 AW197 o, más recientemente, 2003 UB313, al cabo catalogados
únicamente como planetoides o grandes asteroides. Probablemente
el décimo planeta jamás se encuentre, y si se descubre,
en realidad será el noveno, por-que Plutón —cuya órbita
es tan excéntrica y alargada que a veces se aproxima más
al Sol que Neptuno— está en vías de ser degradado
a la condición de planetoide.
La confusión
sobre la existencia de un nuevo planeta se debe a dos razones: por un
lado, no cesan los hallazgos de cuerpos celestes en el llamado cinturón
de Kuiper, una región del espacio más allá de la
órbita de Neptuno. Por otro, aunque el concepto de planeta parece
claro e inequívoco para el hombre de la calle, los expertos no
se po-nen de acuerdo en una definición precisa
Un creciente
número de astrónomos discrepan sobre si Plutón es
realmente un planeta o sólo el objeto de mayor tamaño del
cinturón de Kuiper, cuyo descubrimiento se remonta a 1941, cuando
el estadunidense Gerald Kuiper se percató de que los come-tas llamados
de corto período —los que completan su órbita en seis
o siete años—, pier-den tanto material al calentarse en cada
aproximación al Sol que terminan “evaporán-dose”
por completo en sólo unos cientos de miles de años.
Como
son remanentes de la materia original con que se formó el sistema
solar hace miles de millones de años, ya todos debían haber
desaparecido. Por lo tanto, razo-nó Kuiper, debían existir
en gran cantidad más allá de Neptuno, donde sus órbitas
son ocasionalmente alteradas por la interacción gravitacional entre
ellos y resultan lanzados hacia el centro del Sistema Solar, convirtiéndose
así en cometas de corto período.
El primer
hallazgo
Hubo
de transcurrir más de medio siglo antes de que el vaticinio de
Kuiper se confirmara con el descubrimiento, en 1992, de un cuerpo al cual
los astrónomos nor-teamericanos que lo avistaron propusieron llamar,
no con el nombre de algún dios como ha sido costumbre denominar
a los planetas, sino Smiley (sonriente, en inglés). La co-munidad
científica rechazó el apelativo y el objeto conservó
su número de catálogo: 1992 AB1. Fue sólo el primero
de los planetoides encontrados allende Plutón: años más
tarde, otros astrónomos norteamericanos intentaron infructuosamente
bautizar Santa, por Santa Claus, al objeto 2003 EL61, cuyo descubrimiento
se atribuyeron aunque ya había sido observado mucho antes por astrónomos
españoles.
Pronto
se desató una verdadera catarata de descubrimientos y a la fecha
se han identificado unos 500 Objetos del Cinturón de Kuiper (OCK).
Todos son menores que la Luna, con diámetros que van de 100 a 1
300 kilómetros, y únicamente a los más grandes se
les han asignado nombres de dioses, para mantener la tradición.
Todos también se encuentran más allá de Neptuno y
Plutón. Para visualizar qué tan lejos se hallan, basta emplear
la unidad astronómica (UA), equivalente a 150 millones de kilómetros
(la dis-tancia promedio de la Tierra al Sol): Neptuno y Plutón
distan del Sol 30 UA en promedio, o sea 4 500 millones de kilómetros.
El cinturón de Kuiper se extiende de 37 a 59 unida-des astronómicas.
Esto es, de 5 500 a 8 850 millones de kilómetros del Sol
El mayor
de los OCK conocidos hasta mediados de 2005 es Quaoar, así llamado
por una deidad de los indios tongva del suroeste de Estados Unidos, descubierto
en junio de 2002. Se encuentra a 6 100 millones del Sol, mide 1 250 kilómetros
de diámetro, aproximadamente la mitad que Plutón y tiene
un octavo del volumen de éste. Su órbita es casi circular.
Otro
OCK con nombre es Varuna (nombrado por el dios hindú regente de
la no-che), que mide 900 kilómetros de diámetro. Por su
parte, 2001 KX76 parece ser mayor, con un diámetro estimado en
1 200 kilómetros; aún no se le ha asignado nombre. El ob-jeto
transneptuniano más famoso es Sedna, diosa esquimal del océano,
que causó revue-lo en 2004 porque es casi del tamaño de
Plutón y se le consideró un serio candidato al título
de décimo planeta. No lo recibió, pues, según se
comprobó, ni siquiera orbita en el cinturón de Kuiper sino
más lejos aún, a unas 50 000 UA, en la periferia del Sistema
Solar. Esta región, llamada Nube de Oort, consiste en restos del
material primigenio con que se formaron el Sol y los planetas y de la
cual proceden los cometas de largo perío-do. Sedna mismo se convertiría
en un supercometa si se acercara al Sol, pues comenza-ría a vaporizarse
y formaría una cauda.
Negros
como carbón
Todavía
no se sabe de qué material están hechos los OCK, pero probablemente
se trate de una mezcla de rocas, polvo y hielo, tanto de agua como de
otros elementos, y compuestos que en la Tierra serían líquidos
o gaseosos pero que se congelan a las bají-simas temperaturas cercanas
al cero absoluto reinantes en esos arrabales del sistema planetario, donde
el Sol se ve sólo como una estrella muy brillante y prácticamente
no calienta.
Esos
cuerpos son tan oscuros como un trozo de carbón debido al incesante
bom-bardeo de rayos cósmicos a que están sometidos por carecer
de una atmósfera protecto-ra, y que forma en la superficie del
astro compuestos orgánicos rojizos y negros.
Si bien
la mayoría refleja apenas entre el 4 y el 7% de la luz que reciben,
hay ex-cepciones: el propio Plutón es muy brillante, pues su tenue
atmósfera se congela y se deposita en forma de escarcha blanca.
También 2003 EL61 refleja tanta luz que los as-trónomos
españoles que lo descubrieron le asignaron, a partir de su brillantez,
un tama-ño mayor al de Plutón, aunque después se
comprobó que es mucho más pequeño. El más
brillante de todos es 2001 KX76.
A partir
de tales descubrimientos, los astrónomos han trazado una nueva
imagen del sistema solar, con cinco zonas concéntricas bastante
bien definidas: primero, en la vecindad inmediata del Sol, la región
de los planetas rocosos —Mercurio, Venus, la Tie-rra y Marte—,
después el cinturón de asteroides, con millones de fragmentos
de muy diversos tamaños que —por la poderosa influencia gravitacional
de Júpiter— no pudieron llegar a unirse para formar un planeta.
Más
allá se encuentra la región de los planetas gigantes gaseosos
—Júpiter, Satur-no, Urano y Neptuno—, con un pequeño
núcleo macizo, sistemas de anillos y enjambres de satélites.
Luego se extiende el cinturón de Kuiper, con probablemente 70 mil
cuerpos del tamaño de Plutón o menores, a los que podría
llamarse planetoides y que en algunos casos poseen diminutos satélites.
Finalmente se encuentra la Nube de Oort, que quizá se extiende
hasta la mitad de la distancia a la estrella más cercana.
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Publicado en las ediciones de Yucatán y Quintana Roo
del diario Por Esto! el lunes 3 de octubre de 2005
La
manga de San Benito
Por Internet
recibí —cortesía del capitán Peón, dice
el mensaje— la foto de una tromba marina registrada recientemente
frente a San Benito en la costa de Yucatán. En el texto, titulado
“¿Tornado en las costas yucatecas?”, el remitente comenta
que “defi-nitivamente la naturaleza está trastornada con
eso de el calentamiento global”, y seña-la que la ocurrencia
de una tromba marina en la costa yucateca no se le hace algo muy común.
En efecto,
estos fenómenos no son muy frecuentes en las costas de la península,
pero tampoco extraordinarios o anómalos. De hecho, son relativamente
comunes.
Las trombas
—o mangas, como también se les llama— son el equivalente
marino de los tornados, pero se distinguen de ellos en que no se forman
sobre tierra sino sobre el mar, son más delgadas, duran menos tiempo
y sus vientos no alcanzan una intensidad tan grande. Aparecen sobre aguas
cálidas cuando se combinan condiciones de alta tem-peratura del
aire y el mar, elevada concentración de humedad en la atmósfera
y vientos ligeros a baja altura. En tales circunstancias, la columna de
aire ascendente cálido y húmedo que hay bajo toda nube de
tipo cúmulo, puede, en la base de la propia nube, formar un remolino
que al ir ganando velocidad se proyecta hacia abajo, extendiéndose
más y más.
Al igual
que los huracanes, las trombas obtienen su energía por condensación
del vapor de agua presente en el aire, que libera calor latente e intensifica
el movimiento del torbellino. Si la condensación ocurre con rapidez,
la tromba puede crecer en unos minutos y sus vientos alcanzar velocidades
de 75 kilómetros por hora, comparables a los de una tormenta tropical
y suficientes para hundir pequeñas embarcaciones. En las mangas
más violentas llega hasta 200 kilómetros por hora. Pero
en los tornados supera los 400.
Una tromba
es una especie de microhuracán efímero, con un ojo o centro
de baja presión de apenas 15 a 30 metros de diámetro —aunque
se han medido algunos de 75 a 90— y hacia arriba se extiende sólo
unos cientos de metros o, como máximo, poco más de kilómetro
y medio. Su duración media es de ocho a doce minutos —excepcionalmente
media hora o poco más— y al entrar a tierra se debilita y
extingue rápidamente. Por la fuerza de sus vientos puede hundir
pequeñas embarcaciones. Y si pasa directamente sobre un buque,
la diferencia de presión —que en el ojo de la tromba es muy
baja— hace saltar ventanas y puertas de compartimentos cerrados,
como los camarotes o la sala de máquinas. Pero por su pequeño
tamaño y por ser visible a gran distancia, es fácil para
una nave motorizada eludirla.
Muchas
veces se supone que las mangas reciben este nombre —en la costa
de Quintana Roo se les conoce también como mangueras y embudos—
porque absorben agua marina y la levantan hasta las nubes. En realidad,
se llaman así por su aspecto de tubos largos, estrechos y un tanto
retorcidos y ondulantes, así como al hecho de que en su base se
forma una nube de rocío. Por la tromba, sin embargo, no sube una
sola gota de agua. La que se levanta a su paso por impulso del viento
simplemente se esparce hacia arriba y los alrededores pero vuelve a caer
al mar sin subir a la nube. Lo que se ve en la tromba, y que algunas personas
toman por una columna de líquido en ascenso, es tan sólo
vapor de agua condensado. Si la manga no contiene suficiente vapor, sólo
resul-ta parcialmente visible. Pero en todos los casos en la superficie
del mar se levanta el turbión de espuma y agua pulverizada.
No hay
que confundir a las trombas con los fuertes aguaceros tempestuosos que
caen sobre tierra y por su gran intensidad causan el desbordamiento de
arroyos y pe-queños ríos e inundaciones locales. Aunque
a estos aguaceros se les llame trombas, son fenómenos totalmente
distintos. Tampoco se les debe confundir con las turbonadas, que ocurren
sobre el mar o la costa y son aguaceros torrenciales con fuertes vientos
arremo-linados. Las trombas casi no provocan lluvia. Se limitan al remolino
de viento.
Y en
cuanto a la preocupación externada en el mensaje de que la tromba
de San Benito pudiera haber sido consecuencia de cambios climáticos
debidos al calentamiento global, no hay base para suponerlo. Estos remolinos
son normales en el Golfo de México, sobre todo en su parte norte,
a lo largo de las costas de los Estados Unidos.
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Fecha de publicación: martes 20 de septiembre de 2005
Más vale irnos preparando
La fuente
de energía de los huracanes es el Sol. Específicamente,
el calor solar acumulado en las aguas del océano, que de ahí
pasa a la atmósfera y, al calentar el aire, lo hace dilatarse y
ascender, iniciando así la cadena de eventos que da lugar paulatinamente
a la formación de una onda tropical, una depresión, una
tormenta y finalmente un huracán.
Pues
bien, si la energía térmica es la que genera, mantiene y
fortalece las tormentas tropicales y los huracanes, resulta lógico
suponer que el calentamiento global de la Tierra se traducirá en
mayor número o mayor intensidad de estos fenómenos. Y los
registros meteorológicos parecen apoyar este último punto
de vista. Si bien durante las últimas tres décadas y medio
el total de huracanes ha mostrado cierta disminución a nivel mundial,
ha aumentado en cambio el número de los que alcanzan categoría
4 o 5, que son los más violentos y destructores. Por ejemplo, el
Gilberto, que arrasó Quintana Roo y Yucatán en 1988, el
Iván, que golpeó por partida triple a Estados Unidos en
2004, y el Katrina, cuyo solo nombre lo dice todo.
Esta
fue la curiosa trayectoria circular del huracán Iván. Después
de golpear a las islas del Caribe y rozar a Cuba y la península
de Yucatán, entró tres veces consecutivas a territorio de
los EU.
De este
hallazgo se da cuenta en un estudio de investigadores del Instituto de
Tecnología de Georgia y del Centro Nacional para la Investigación
de la Atmósfera, de Estados Unidos. Según los registros,
dicen, en los pasados 35 años el número de huracanes de
las categorías máximas casi se ha duplicado en el mundo
entero. De 1970 a 1989, a nivel mundial, había por término
medio diez huracanes de tal potencia cada año. A partir de 1990,
el promedio anual se ha elevado a 18.
En cuanto
al Atlántico -la zona que más nos interesa por su proximidad
a México y por ser la cuna de algunos de los huracanes más
violentos que han afectado a nuestro país- durante el período
1975-89 hubo en esa región 16 huracanes de categoría 4 y
5. Pero entre 1990 y 2004 se registraron 25.
Además
de ser más numerosos, los grandes huracanes también parecen
ser de mayor duración y con características poco usuales.
Un caso notable es el del Iván. Comenzó como depresión
tropical el 2 de septiembre de 2004 en el otro extremo del Atlántico,
cerca de África, y en sólo 72 horas alcanzó categoría
de huracán. Siguió fortaleciéndose con una rapidez
sin precedentes y ascendió a la categoría 4 a pesar de hallarse
todavía en una zona donde normalmente los huracanes no alcanzan
gran potencia. Llegó a ser el sexto huracán más intenso
que se ha registrado en el Atlántico y provocó la ola más
alta que jamás se ha medido, de 27.7 metros, así como la
corriente más veloz en el fondo marino, de 2.25 metros por segundo,
o sea 8.1 kilómetros por hora.
De este
poderoso huracán nos salvamos por un pelo, pues venía enfilado
hacia Cozumel y Cancún con una trayectoria similar a la del Gilberto.
Pero en el último momento, el 14 de septiembre, torció hacia
el norte y se escurrió por el Canal de Yucatán entre la
península y Cuba, sin causar mayores daños. A Estados Unidos,
sin embargo, lo golpeó tres veces, pues siguió una trayectoria
circular totalmente anómala: entró a tierra entre Alabama
y Florida, cruzó en diagonal el este de Estados Unidos desintegrándose
en el trayecto, y cuando lo que de él quedaba volvió al
mar cerca de Nueva York, enfiló al sur, se reorganizó gradualmente,
torció hacia el oeste, cruzó la península de Florida
y después de moverse por el norte del Golfo de México entró
por tercera vez a tierra en Luisiana, aunque ya sólo con fuerza
de tormenta tropical.
Fue particularmente
mortífero y devastador. Dejó 64 muertos en las islas del
Caribe -principalmente en Granada y Jamaica-, tres en Venezuela y 25 en
Estados Unidos, así como pérdidas por tres mil millones
de dólares en el Caribe y 13 mil millones en los EU.
Si el
Iván fue un producto del calentamiento global, y si -como dicen
los autores del estudio que mencionamos- ha comenzado una época
de huracanes particularmente potentes, más vale irnos preparando.
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Fecha de publicación: lunes 5 de septiembre
de 2005
Escarmiento en pantano ajeno
Lo ocurrido
en Nueva Orleans es para muchos simplemente un gran desastre natural agravado
por la tremenda incompetencia del gobierno de Bush. Muy poco se ha dicho
acerca de la responsabilidad humana en esa tragedia. El hecho, sin embargo,
es que durante décadas la voracidad de los especuladores de terrenos
y los desarrolladores estuvo preparando la catástrofe mediante
la radical alteración de las condiciones naturales de la zona de
Nueva Orleáns.
El delta
del gran río Mississippi, donde se asientan la capital del jazz
y otras importantes poblaciones, es una zona baja, situada por debajo
del nivel del mar y entre dos grandes masas de agua: el propio río
por un lado y el somero lago Pontchartrain por el otro. Es un terreno
de humedales, ese tipo de suelo anegadizo, fangoso, al que también
se conoce como pantanos, rías, marismas, ciénagas o lodazales
y que usualmente se considera inútil. Para volverlo “aprovechable”
-esto es, poder venderlo como terreno para viviendas, industrias y establecimientos
turísticos-, a lo largo del siglo XX se hicieron grandes obras
de canalización, dragado, rellenos y embalses.
En condiciones
naturales, los sedimentos arrastrados por el río servían
para restablecer los sectores costeros erosionados por el oleaje, las
mareas y las tormentas. Las acumulaciones de sedimentos servían
asimismo como barrera para contener la intrusión de agua salada
del mar y en ellas crecía una tupida vegetación que amortiguaba
el embate de tormentas y huracanes. Para decirlo en pocas palabras: los
humedales que la rodeaban eran las defensas naturales de Nueva Orleáns
y de un amplio sector de la costa de Luisiana.
Pero
esas defensas naturales fueron destruidas, con los mismos argumentos que
ahora se esgrimen en México para destruir los humedales: que es
necesario aprovechar esos terrenos y crear fuentes de empleo. Los humedales
del delta del Mississippi fueron sistemáticamente desecados, cada
vez con mayor velocidad. A mediados de este año, antes de la llegada
de Katrina, el ritmo de desecación era de más de una hectárea
cada 60 minutos.
En lugar
de las defensas naturales, se levantaron diques y más diques: 560
kilómetros tan sólo alrededor de Nueva Orleáns, que
quedó así ubicada en el fondo de una especie de tazón,
rodeada de agua cuyo nivel era varios metros más alto que la propia
ciudad, y sin más protección que los diques. Dicho sea de
paso, las obras básicas de canalización y construcción
de terraplenes para desecar terrenos fueron realizadas con dinero del
gobierno norteamericano por el Cuerpo de Ingenieros del ejército,
pero los beneficiarios fueron los especuladores de tierras que los vendieron
para viviendas, fábricas y comercios.
Entonces
llegó Katrina, con sus copiosas lluvias y su marea de tempestad.
Este fenómeno, que acompaña a los huracanes, consiste en
una elevación anómala del nivel del mar debido al empuje
del viento y la baja presión en el centro del huracán. A
él se suman la marea alta normal y el oleaje de varios metros de
altura causado por los vientos. El resultado es una enorme masa de agua
marina que invade las zonas bajas en la franja costera.
De haber
existido, los antiguos humedales hubieran absorbido la marea de tempestad.
Pero, carente de ellos, Nueva Orleáns -y otras poblaciones cercanas-
la recibieron de lleno. El nivel del río y el lago subieron al
recibir ese enorme volumen de agua marina y finalmente algunos de los
diques cedieron y el agua se precipitó hacia el tazón.
Todo
esto -hay que subrayarlo- se esperaba. Desde hace años los científicos
venían advirtiendo de las consecuencias que tendría la destrucción
de los humedales en el delta del Mississippi y pedían urgentes
medidas para evitar el desastre. Pero no se les hizo caso. Prevalecieron
los intereses de los grandes especuladores de tierras. Y ellos, finalmente,
no perdieron nada. Quienes lo perdieron todo fueron quienes compraron
viviendas en esos terrenos inundables ahora bajo dos o tres metros de
agua.
Dicen
que nadie escarmienta en cabeza ajena. Por eso no creo que las autoridades
mexicanas vayan a escarmentar en pantano ajeno y les sirva de experiencia
lo ocurrido en Nueva Orleáns. Por lo demás, tampoco les
interesa aprender, pues también obedecen a grandes y oscuros intereses.
Para favorecer a los especuladores, se permite la criminal destrucción
de humedales -como los de Cancún-fundamentales para la protección
de la zona costera. Y se está haciendo a pesar igualmente de las
advertencias de los científicos. No hay que olvidar que el ahora
precandidato panista Alberto Cárdenas Jiménez, cuando era
secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, anuló de un
plumazo la Norma 022 de protección a los humedales y autorizó
que sean devastados, a cambio de vagas e indefinidas “medidas de
compensación”.
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