Cancún, Quintana Roo,
   

Juan José Morales Barbosa

juanjose@cancun.com.mx

IMPACTO AMBIENTAL

 
 
 

Fecha de publicación: lunes 1 de mayo de 2006

 

Los jaguares del noreste

 

Media docena de jaguares en un área de 20 000 hectáreas no parece gran cosa. Pero es una cantidad considerable si se toma en cuenta que ese felino —el mayor de América y el tercero del mundo por su tamaño— es un gran depredador y cada ejemplar requiere un amplio territorio de caza. Por ello, los biólogos se encuentran muy satisfe-chos de que en la Reserva de la Biósfera de Ría Lagartos, en el noreste de Yucatán cerca de los límites con Quintana Roo, se haya encontrado una población de jaguares de esa magnitud. Sobre todo porque en aquella zona la intensa deforestación para abrir cam-pos ganaderos ha reducido a sólo una quinta parte la superficie original de selvas bajas y medianas, que constituyen el principal hábitat de esa especie. Además, durante años el jaguar ha sido objeto de intensa cacería, tanto por su hermosa piel como porque los ganaderos lo consideran una amenaza para sus reses. En tales condiciones, una pobla-ción de seis jaguares en 200 kilómetros cuadrados resulta considerable.

Además —y esto es también importante— durante el estudio se encontró buen número de ocelotes, tigrillos, pumas, venados, jabalíes, pisotes, pavos de monte, zorras grises y otros animales, lo cual denota la existencia de una nutrida fauna silvestre.

El hallazgo de esta concentración de jaguares en el noreste de la península de Yucatán es resultado de un estudio realizado por los biólogos Juan Carlos Faller, de la organización Pronatura Península de Yucatán, Gerardo Ceballos y Cuauhtémoc Chávez, del Instituto de Ecología de la UNAM, y Stacey Johnson del Zoológico de Fort Worth, Texas. Esta investigación —dicho sea de paso— es la primera de su tipo que se realiza en el norte de la península. Hasta entonces, los estudios sobre ecología, magnitud de las poblaciones y conservación del jaguar, se habían limitado a Belice y a la Reserva de Ca-lakmul, en el sur de Campeche.

La presencia de jaguares se determinó mediante el uso de cámaras-trampa foto-gráficas, que se disparan cuando el animal se aproxima. Este es uno de los métodos más adecuados para monitorear especies raras y que por el color y diseño de su pelaje se confunden con la vegetación, y además tiene la ventaja de que como cada jaguar posee un patrón característico de manchas, se le puede identificar individualmente. Por ello, aunque se obtuvieron numerosas fotografías, se pudo establecer que correspondían a seis ejemplares distintos.

Por lo demás, al extrapolar los resultados de este estudio, los investigadores lle-garon a la conclusión de que en el rincón noreste de la península, en un área de 400 000 hectáreas situadas al norte de los primeros 80 kilómetros de la carretera Cancún-Mérida, puede haber todavía, a pesar de los desmontes y otras afectaciones al medio ambiente, entre 133 y 267 jaguares en edad reproductiva, lo cual es un buen número dado —repetimos— que se trata de animales solitarios que requieren de amplios territo-rios.

Esta es, sin embargo, la parte positiva de la cuestión. El lado negativo es que esa población podría estar cerca del límite de su persistencia a largo plazo.

El problema estriba en el aislamiento. Cuando un pequeño número de animales se mantiene confinado en determinada área, los repetidos cruzamientos entre ellos propi-cian la aparición de rasgos genéticos recesivos que por lo general son negativos y causan enfermedades o defectos orgánicos y por tanto el progresivo deterioro de sus posibilida-des de supervivencia. En este caso, la población de jaguares del noreste se encuentra aislada de las que se hallan más al sur y el suroeste, como las del centro de la penínsu-la, la Reserva de Sian Ka’an y la de Calakmul: la autopista Cancún-Mérida, con su doble barrera de alambre de púas a los costados del camino, actúa como un obstáculo infran-queable. Además, la deforestación ha eliminado en su casi totalidad la vegetación sel-vática por la cual los jaguares podrían desplazarse hacia otras zonas. Si no se encuen-tran medios de romper ese aislamiento, seguirán prisioneros en un área que —por otro lado— irá reduciéndose como ha venido ocurriendo durante las últimas décadas. Pero por lo pronto, es muy satisfactorio que —contra lo que muchos pensaban— el jaguar no haya desaparecido del rincón nororiental de la península sino que siga siendo relativa-mente abundante.

Para terminar, un recordatorio: hoy es primero de mayo, el día sin transnaciona-les. Hoy, por solidaridad con los mexicanos del otro lado no debemos consumir produc-tos norteamericanos ni en establecimientos norteamericanos.

 

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Fecha de publicación: lunes 24 de abril de 2006

 

Dios y ciencia, cada cosa en su lugar

 

Cuando uno se aventura por el espinoso y confuso campo de la teología, se topa con extrañas contradicciones. Por ejemplo, que la idea misma de la existencia de un dios implica que no puede existir. La cuestión estriba en que, si ese dios es el creador de todo lo que existe, entonces no puede ser una de las cosas que existen, pues signifi-caría que se creó a sí mismo, y para ello tendría que haber existido cuando no existía nada, ni siquiera él mismo.

Para resolver la contradicción, Tomás de Aquino sentenció que “Dios está com-pletamente fuera del orden de las cosas”. Otros teólogos católicos establecieron senci-llamente que Dios está más allá de toda afirmación y toda negación, incluida la afirma-ción de que existe. Otros más se inclinaron por la idea de que la existencia de Dios es tan diferente a todo tipo de existencia como la conocemos, que está más allá de ese concepto y por ende resulta ocioso debatir sobre si existe o no.

Estoy de acuerdo con ese punto de vista. En Dios se cree o no se cree, y punto. Resulta inútil y superfluo discutir sobre su existencia o inexistencia. Sobre todo si se pretende fincar el debate en argumentos científicos, como ocurre con la llamada teoría del diseño inteligente, cuya enseñanza se está tratando de implantar en las escuelas norteamericanas —y podemos apostar que pronto se intentará lo mismo en México— co-mo alternativa a la teoría darwiniana de la evolución y dándole el mismo nivel que a ésta.

En realidad, a diferencia de la de Darwin, que cumple todas las características del pensamiento científico, la del diseño inteligente ni es teoría ni es inteligente. Se basa sólo en la ignorancia, en la afirmación de que la evolución es un proceso tan com-plicado que resulta imposible que pudiera haber ocurrido por sí solo y los seres vivientes sean resultado de él. Por lo tanto, si no son producto de hechos naturales, tienen que haber sido obra de “algo” o “alguien” (léase Dios), que diseñó y construyó el Universo. Es algo así como el razonamiento de quien, hace tres o cuatro mil años, hubiera dicho que como el agua es pesada, no puede elevarse y quedar suspendida en el aire, y por lo tanto si cae del cielo es porque un dios la arroja.

Para simular que se trata de una cuestión científica, la llamada teoría del diseño inteligente se presenta ricamente aderezada con explicaciones sobre física, bioquímica, anatomía, genética, histología y otras disciplinas. Pero eso es sólo el barniz. Esa supues-ta teoría es pura y llanamente religión, no ciencia. Y mal podría serlo, pues una y otra son tan distintas como el agua y el aceite. La religión se basa en la fe. La ciencia en las evidencias y los hechos comprobables. Por eso resulta absurdo, contradictorio y hasta grotesco, que ahora se pretenda usar la ciencia —que se nutre con la duda y el escepti-cismo— para demostrar la existencia de Dios, la cual se funda en la aceptación ciega y sin discusión.

Incluso pensadores cristianos rechazan esos intentos. El arzobispo de Canterbury, en la Gran Bretaña, dice que la teoría del diseño inteligente devalúa la Biblia al reducir-la a la condición de “una teoría más” sobre el origen de la vida. Y Gilbert Markus, teó-logo y antiguo fraile dominico británico, investigador en la universidad de Glascow, es-cribió recientemente al respecto: “El cristianismo no puede ser introducido subrepti-ciamente en las escuelas disfrazado como teoría científica. De hecho, no puede ser una teoría científica, incluso en sus propios términos. Las ciencias naturales investigan en el campo del orden de las cosas existentes. Los cristianos creen en Dios como el creador de un universo en el cual son posibles las explicaciones científicas. Por lo tanto, Dios no puede ser parte de ese orden científicamente explicable. La palabra Dios nunca puede ser la respuesta a una pregunta científica.”

Así es. Quien quiera creer en un dios, sea cual sea —lo mismo un anciano de blan-cas barbas que el irrepresentable dios de los musulmanes o el regordete Buda—, y que ese dios creó todo lo que hay a nuestro alrededor, está en libertad de hacerlo y no re-quiere para ello de prueba científica alguna. Basta su fe. Y quien —después de examinar y analizar las evidencias científicas— conciba la naturaleza como el producto de fenó-menos físicos y de la evolución por selección natural, también es libre de mantener esa opinión. Pero vamos dejando a la religión en su lugar y a la ciencia en el suyo. Ninguna puede servir a la otra, o tan siquiera mezclarse con ella. Si entran en contacto, entran también en conflicto.

 

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Fecha de publicación: lunes 2 de enero de 2006

 

El espejismo de la energía verde

 

En los últimos tiempos, algunos grupos ambientalistas, gobiernos y grandes em-presas transnacionales han estado promoviendo lo que a primera vista parece una exce-lente solución al problema energético: la llamada energía verde, que consiste en el cul-tivo de plantas oleaginosas —especialmente palmas— para producir biodiesel. Es decir, un combustible elaborado a partir del aceite de los frutos de esas plantas.

Como decíamos, eso se antoja una medida muy inteligente y ecológicamente ati-nada. En lugar de agotar los yacimientos de petróleo, que no son renovables, se puede cultivar combustible orgánico, que además de ser renovable tiene otras importantes ventajas: no es tóxico, es biodegradable, no contiene azufre y al quemarse práctica-mente no produce sustancias nocivas que contaminen el aire.

El uso de combustible a base de aceite vegetal se remonta a 1900, cuando Ru-dolph Diesel lo empleó por primera vez en el motor que lleva su nombre, pero por la abundancia y el bajo costo del petróleo no se le prestó mayor atención, salvo durante la Segunda Guerra Mundial. Fue sólo hasta la década de los 70, cuando la crisis energética y el encarecimiento del petróleo lo hicieron atractivo. La primera refinería piloto se construyó en 1985, y hoy el biodiesel se produce en varios países, como Alemania, Aus-tria, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Malasia y Suecia. Tanto en Europa como en Estados Unidos, se vende mezclado con diesel de petróleo hasta en proporción del 20%.

En México, en abril del año que acaba de concluir, la presidencia de la República anunció —a propósito de la visita de una misión comercial de Malasia— su intención de impulsar el cultivo de palma africana Elaeis guinneensis y otras palmas oleaginosas. Hay, dijo, un millón de hectáreas apropiadas para sembrarlas, pero sólo se aprovechan menos de 37 000, principalmente en Campeche, Chiapas, Tabasco y Veracruz. No dijo la presidencia que el aceite sea para producir biodiesel, pero evidentemente ese es el propósito, pues Malasia es actualmente el principal productor de ese combustible.

Estamos, así, ante la posibilidad de que las compañías petroleras se nos metan por la puerta trasera, como productoras de biodiesel. Y esto implica un insospechado peligro, pues cuando se elogian las grandes ventajas de la llamada energía verde, por ignorancia o deliberadamente se pasa por alto un pequeño detalle: que destinar buenos suelos al cultivo de palmas oleaginosas implica reducir la superficie destinada a sem-bradíos de alimentos. Y no se trata de unas cuantas hectáreas, sino de superficies in-mensas.

Según cálculos del biólogo Jeffrey Duques, el carbón y el petróleo que ahora con-sumimos en un año, y que provienen de restos de plantas y animales transformados a lo largo de las eras geológicas, equivalen a 400 veces la productividad biológica anual de la Tierra, o sea la masa total de plantas y animales que se producen en un año en todo el planeta. Para decirlo en otros términos: cada año quemamos el equivalente de cuatro siglos de plantas y animales. Esto da una idea de la cantidad de tierra laborable que se necesitaría para reemplazar los combustibles fósiles por biodiesel.

El uso de combustibles orgánicos está siendo impulsado principalmente en la Unión Europea, que por ley exige que los combustibles convencionales obtenidos del petróleo se mezclen con biocombustibles, y para ello otorga generosos subsidios a los fabricantes... aunque esos subsidios no llegan a manos de los campesinos productores de aceite, la materia prima con que se elabora el combustible.

El negocio está en auge. Casi no pasa mes sin que se anuncie la construcción de una nueva refinería de biodiesel. Y para abastecerla, se abren nuevas plantaciones de palma, cuyos frutos son los más baratos y de mayor rendimiento. Por supuesto, eso con-lleva la deforestación de enormes superficies. Tan sólo en las islas de Sumatra y Borneo, en Indonesia, se han convertido en plantaciones cuatro millones de hectáreas de selva, y ya se ha anunciado la creación de otros 16.5 millones de hectáreas de palmares. En Malasia, se proyecta destinar a ese fin otros seis millones de hectáreas. Son millones y millones de hectáreas que dejan de producir alimentos capaces de saciar el hambre de millones de personas y en cambio producen aceite para saciar la sed de combustible de los automóviles en Europa y los Estados Unidos.

La energía verde resulta así sólo un espejismo.

 

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Publicado en la revista Contenido, N° 508, Octubre de 2005

Redibujando el Sistema Solar

 

En los últimos años los astrónomos han anunciado media docena de veces el des-cubrimiento del décimo planeta, aunque en cada ocasión se trata de uno diferente, co-mo Sedna, 2003 EL61, Quaoar, Varuna, 2002 AW197 o, más recientemente, 2003 UB313, al cabo catalogados únicamente como planetoides o grandes asteroides. Probablemente el décimo planeta jamás se encuentre, y si se descubre, en realidad será el noveno, por-que Plutón —cuya órbita es tan excéntrica y alargada que a veces se aproxima más al Sol que Neptuno— está en vías de ser degradado a la condición de planetoide.

La confusión sobre la existencia de un nuevo planeta se debe a dos razones: por un lado, no cesan los hallazgos de cuerpos celestes en el llamado cinturón de Kuiper, una región del espacio más allá de la órbita de Neptuno. Por otro, aunque el concepto de planeta parece claro e inequívoco para el hombre de la calle, los expertos no se po-nen de acuerdo en una definición precisa

Un creciente número de astrónomos discrepan sobre si Plutón es realmente un planeta o sólo el objeto de mayor tamaño del cinturón de Kuiper, cuyo descubrimiento se remonta a 1941, cuando el estadunidense Gerald Kuiper se percató de que los come-tas llamados de corto período —los que completan su órbita en seis o siete años—, pier-den tanto material al calentarse en cada aproximación al Sol que terminan “evaporán-dose” por completo en sólo unos cientos de miles de años.

Como son remanentes de la materia original con que se formó el sistema solar hace miles de millones de años, ya todos debían haber desaparecido. Por lo tanto, razo-nó Kuiper, debían existir en gran cantidad más allá de Neptuno, donde sus órbitas son ocasionalmente alteradas por la interacción gravitacional entre ellos y resultan lanzados hacia el centro del Sistema Solar, convirtiéndose así en cometas de corto período.

El primer hallazgo

Hubo de transcurrir más de medio siglo antes de que el vaticinio de Kuiper se confirmara con el descubrimiento, en 1992, de un cuerpo al cual los astrónomos nor-teamericanos que lo avistaron propusieron llamar, no con el nombre de algún dios como ha sido costumbre denominar a los planetas, sino Smiley (sonriente, en inglés). La co-munidad científica rechazó el apelativo y el objeto conservó su número de catálogo: 1992 AB1. Fue sólo el primero de los planetoides encontrados allende Plutón: años más tarde, otros astrónomos norteamericanos intentaron infructuosamente bautizar Santa, por Santa Claus, al objeto 2003 EL61, cuyo descubrimiento se atribuyeron aunque ya había sido observado mucho antes por astrónomos españoles.

Pronto se desató una verdadera catarata de descubrimientos y a la fecha se han identificado unos 500 Objetos del Cinturón de Kuiper (OCK). Todos son menores que la Luna, con diámetros que van de 100 a 1 300 kilómetros, y únicamente a los más grandes se les han asignado nombres de dioses, para mantener la tradición. Todos también se encuentran más allá de Neptuno y Plutón. Para visualizar qué tan lejos se hallan, basta emplear la unidad astronómica (UA), equivalente a 150 millones de kilómetros (la dis-tancia promedio de la Tierra al Sol): Neptuno y Plutón distan del Sol 30 UA en promedio, o sea 4 500 millones de kilómetros. El cinturón de Kuiper se extiende de 37 a 59 unida-des astronómicas. Esto es, de 5 500 a 8 850 millones de kilómetros del Sol

El mayor de los OCK conocidos hasta mediados de 2005 es Quaoar, así llamado por una deidad de los indios tongva del suroeste de Estados Unidos, descubierto en junio de 2002. Se encuentra a 6 100 millones del Sol, mide 1 250 kilómetros de diámetro, aproximadamente la mitad que Plutón y tiene un octavo del volumen de éste. Su órbita es casi circular.

Otro OCK con nombre es Varuna (nombrado por el dios hindú regente de la no-che), que mide 900 kilómetros de diámetro. Por su parte, 2001 KX76 parece ser mayor, con un diámetro estimado en 1 200 kilómetros; aún no se le ha asignado nombre. El ob-jeto transneptuniano más famoso es Sedna, diosa esquimal del océano, que causó revue-lo en 2004 porque es casi del tamaño de Plutón y se le consideró un serio candidato al título de décimo planeta. No lo recibió, pues, según se comprobó, ni siquiera orbita en el cinturón de Kuiper sino más lejos aún, a unas 50 000 UA, en la periferia del Sistema Solar. Esta región, llamada Nube de Oort, consiste en restos del material primigenio con que se formaron el Sol y los planetas y de la cual proceden los cometas de largo perío-do. Sedna mismo se convertiría en un supercometa si se acercara al Sol, pues comenza-ría a vaporizarse y formaría una cauda.

Negros como carbón

Todavía no se sabe de qué material están hechos los OCK, pero probablemente se trate de una mezcla de rocas, polvo y hielo, tanto de agua como de otros elementos, y compuestos que en la Tierra serían líquidos o gaseosos pero que se congelan a las bají-simas temperaturas cercanas al cero absoluto reinantes en esos arrabales del sistema planetario, donde el Sol se ve sólo como una estrella muy brillante y prácticamente no calienta.

Esos cuerpos son tan oscuros como un trozo de carbón debido al incesante bom-bardeo de rayos cósmicos a que están sometidos por carecer de una atmósfera protecto-ra, y que forma en la superficie del astro compuestos orgánicos rojizos y negros.

Si bien la mayoría refleja apenas entre el 4 y el 7% de la luz que reciben, hay ex-cepciones: el propio Plutón es muy brillante, pues su tenue atmósfera se congela y se deposita en forma de escarcha blanca. También 2003 EL61 refleja tanta luz que los as-trónomos españoles que lo descubrieron le asignaron, a partir de su brillantez, un tama-ño mayor al de Plutón, aunque después se comprobó que es mucho más pequeño. El más brillante de todos es 2001 KX76.

A partir de tales descubrimientos, los astrónomos han trazado una nueva imagen del sistema solar, con cinco zonas concéntricas bastante bien definidas: primero, en la vecindad inmediata del Sol, la región de los planetas rocosos —Mercurio, Venus, la Tie-rra y Marte—, después el cinturón de asteroides, con millones de fragmentos de muy diversos tamaños que —por la poderosa influencia gravitacional de Júpiter— no pudieron llegar a unirse para formar un planeta.

Más allá se encuentra la región de los planetas gigantes gaseosos —Júpiter, Satur-no, Urano y Neptuno—, con un pequeño núcleo macizo, sistemas de anillos y enjambres de satélites. Luego se extiende el cinturón de Kuiper, con probablemente 70 mil cuerpos del tamaño de Plutón o menores, a los que podría llamarse planetoides y que en algunos casos poseen diminutos satélites. Finalmente se encuentra la Nube de Oort, que quizá se extiende hasta la mitad de la distancia a la estrella más cercana.


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Publicado en las ediciones de Yucatán y Quintana Roo
del diario Por Esto! el lunes 3 de octubre de 2005

 

La manga de San Benito

 

Por Internet recibí —cortesía del capitán Peón, dice el mensaje— la foto de una tromba marina registrada recientemente frente a San Benito en la costa de Yucatán. En el texto, titulado “¿Tornado en las costas yucatecas?”, el remitente comenta que “defi-nitivamente la naturaleza está trastornada con eso de el calentamiento global”, y seña-la que la ocurrencia de una tromba marina en la costa yucateca no se le hace algo muy común.

En efecto, estos fenómenos no son muy frecuentes en las costas de la península, pero tampoco extraordinarios o anómalos. De hecho, son relativamente comunes.

Las trombas —o mangas, como también se les llama— son el equivalente marino de los tornados, pero se distinguen de ellos en que no se forman sobre tierra sino sobre el mar, son más delgadas, duran menos tiempo y sus vientos no alcanzan una intensidad tan grande. Aparecen sobre aguas cálidas cuando se combinan condiciones de alta tem-peratura del aire y el mar, elevada concentración de humedad en la atmósfera y vientos ligeros a baja altura. En tales circunstancias, la columna de aire ascendente cálido y húmedo que hay bajo toda nube de tipo cúmulo, puede, en la base de la propia nube, formar un remolino que al ir ganando velocidad se proyecta hacia abajo, extendiéndose más y más.

Al igual que los huracanes, las trombas obtienen su energía por condensación del vapor de agua presente en el aire, que libera calor latente e intensifica el movimiento del torbellino. Si la condensación ocurre con rapidez, la tromba puede crecer en unos minutos y sus vientos alcanzar velocidades de 75 kilómetros por hora, comparables a los de una tormenta tropical y suficientes para hundir pequeñas embarcaciones. En las mangas más violentas llega hasta 200 kilómetros por hora. Pero en los tornados supera los 400.

Una tromba es una especie de microhuracán efímero, con un ojo o centro de baja presión de apenas 15 a 30 metros de diámetro —aunque se han medido algunos de 75 a 90— y hacia arriba se extiende sólo unos cientos de metros o, como máximo, poco más de kilómetro y medio. Su duración media es de ocho a doce minutos —excepcionalmente media hora o poco más— y al entrar a tierra se debilita y extingue rápidamente. Por la fuerza de sus vientos puede hundir pequeñas embarcaciones. Y si pasa directamente sobre un buque, la diferencia de presión —que en el ojo de la tromba es muy baja— hace saltar ventanas y puertas de compartimentos cerrados, como los camarotes o la sala de máquinas. Pero por su pequeño tamaño y por ser visible a gran distancia, es fácil para una nave motorizada eludirla.

Muchas veces se supone que las mangas reciben este nombre —en la costa de Quintana Roo se les conoce también como mangueras y embudos— porque absorben agua marina y la levantan hasta las nubes. En realidad, se llaman así por su aspecto de tubos largos, estrechos y un tanto retorcidos y ondulantes, así como al hecho de que en su base se forma una nube de rocío. Por la tromba, sin embargo, no sube una sola gota de agua. La que se levanta a su paso por impulso del viento simplemente se esparce hacia arriba y los alrededores pero vuelve a caer al mar sin subir a la nube. Lo que se ve en la tromba, y que algunas personas toman por una columna de líquido en ascenso, es tan sólo vapor de agua condensado. Si la manga no contiene suficiente vapor, sólo resul-ta parcialmente visible. Pero en todos los casos en la superficie del mar se levanta el turbión de espuma y agua pulverizada.

No hay que confundir a las trombas con los fuertes aguaceros tempestuosos que caen sobre tierra y por su gran intensidad causan el desbordamiento de arroyos y pe-queños ríos e inundaciones locales. Aunque a estos aguaceros se les llame trombas, son fenómenos totalmente distintos. Tampoco se les debe confundir con las turbonadas, que ocurren sobre el mar o la costa y son aguaceros torrenciales con fuertes vientos arremo-linados. Las trombas casi no provocan lluvia. Se limitan al remolino de viento.

Y en cuanto a la preocupación externada en el mensaje de que la tromba de San Benito pudiera haber sido consecuencia de cambios climáticos debidos al calentamiento global, no hay base para suponerlo. Estos remolinos son normales en el Golfo de México, sobre todo en su parte norte, a lo largo de las costas de los Estados Unidos.



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Fecha de publicación: martes 20 de septiembre de 2005

 

Más vale irnos preparando

 

La fuente de energía de los huracanes es el Sol. Específicamente, el calor solar acumulado en las aguas del océano, que de ahí pasa a la atmósfera y, al calentar el aire, lo hace dilatarse y ascender, iniciando así la cadena de eventos que da lugar paulatinamente a la formación de una onda tropical, una depresión, una tormenta y finalmente un huracán.

Pues bien, si la energía térmica es la que genera, mantiene y fortalece las tormentas tropicales y los huracanes, resulta lógico suponer que el calentamiento global de la Tierra se traducirá en mayor número o mayor intensidad de estos fenómenos. Y los registros meteorológicos parecen apoyar este último punto de vista. Si bien durante las últimas tres décadas y medio el total de huracanes ha mostrado cierta disminución a nivel mundial, ha aumentado en cambio el número de los que alcanzan categoría 4 o 5, que son los más violentos y destructores. Por ejemplo, el Gilberto, que arrasó Quintana Roo y Yucatán en 1988, el Iván, que golpeó por partida triple a Estados Unidos en 2004, y el Katrina, cuyo solo nombre lo dice todo.

Esta fue la curiosa trayectoria circular del huracán Iván. Después de golpear a las islas del Caribe y rozar a Cuba y la península de Yucatán, entró tres veces consecutivas a territorio de los EU.

De este hallazgo se da cuenta en un estudio de investigadores del Instituto de Tecnología de Georgia y del Centro Nacional para la Investigación de la Atmósfera, de Estados Unidos. Según los registros, dicen, en los pasados 35 años el número de huracanes de las categorías máximas casi se ha duplicado en el mundo entero. De 1970 a 1989, a nivel mundial, había por término medio diez huracanes de tal potencia cada año. A partir de 1990, el promedio anual se ha elevado a 18.

En cuanto al Atlántico -la zona que más nos interesa por su proximidad a México y por ser la cuna de algunos de los huracanes más violentos que han afectado a nuestro país- durante el período 1975-89 hubo en esa región 16 huracanes de categoría 4 y 5. Pero entre 1990 y 2004 se registraron 25.

Además de ser más numerosos, los grandes huracanes también parecen ser de mayor duración y con características poco usuales. Un caso notable es el del Iván. Comenzó como depresión tropical el 2 de septiembre de 2004 en el otro extremo del Atlántico, cerca de África, y en sólo 72 horas alcanzó categoría de huracán. Siguió fortaleciéndose con una rapidez sin precedentes y ascendió a la categoría 4 a pesar de hallarse todavía en una zona donde normalmente los huracanes no alcanzan gran potencia. Llegó a ser el sexto huracán más intenso que se ha registrado en el Atlántico y provocó la ola más alta que jamás se ha medido, de 27.7 metros, así como la corriente más veloz en el fondo marino, de 2.25 metros por segundo, o sea 8.1 kilómetros por hora.

De este poderoso huracán nos salvamos por un pelo, pues venía enfilado hacia Cozumel y Cancún con una trayectoria similar a la del Gilberto. Pero en el último momento, el 14 de septiembre, torció hacia el norte y se escurrió por el Canal de Yucatán entre la península y Cuba, sin causar mayores daños. A Estados Unidos, sin embargo, lo golpeó tres veces, pues siguió una trayectoria circular totalmente anómala: entró a tierra entre Alabama y Florida, cruzó en diagonal el este de Estados Unidos desintegrándose en el trayecto, y cuando lo que de él quedaba volvió al mar cerca de Nueva York, enfiló al sur, se reorganizó gradualmente, torció hacia el oeste, cruzó la península de Florida y después de moverse por el norte del Golfo de México entró por tercera vez a tierra en Luisiana, aunque ya sólo con fuerza de tormenta tropical.

Fue particularmente mortífero y devastador. Dejó 64 muertos en las islas del Caribe -principalmente en Granada y Jamaica-, tres en Venezuela y 25 en Estados Unidos, así como pérdidas por tres mil millones de dólares en el Caribe y 13 mil millones en los EU.

Si el Iván fue un producto del calentamiento global, y si -como dicen los autores del estudio que mencionamos- ha comenzado una época de huracanes particularmente potentes, más vale irnos preparando.

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Fecha de publicación: lunes 5 de septiembre de 2005

Escarmiento en pantano ajeno

 

Lo ocurrido en Nueva Orleans es para muchos simplemente un gran desastre natural agravado por la tremenda incompetencia del gobierno de Bush. Muy poco se ha dicho acerca de la responsabilidad humana en esa tragedia. El hecho, sin embargo, es que durante décadas la voracidad de los especuladores de terrenos y los desarrolladores estuvo preparando la catástrofe mediante la radical alteración de las condiciones naturales de la zona de Nueva Orleáns.

El delta del gran río Mississippi, donde se asientan la capital del jazz y otras importantes poblaciones, es una zona baja, situada por debajo del nivel del mar y entre dos grandes masas de agua: el propio río por un lado y el somero lago Pontchartrain por el otro. Es un terreno de humedales, ese tipo de suelo anegadizo, fangoso, al que también se conoce como pantanos, rías, marismas, ciénagas o lodazales y que usualmente se considera inútil. Para volverlo “aprovechable” -esto es, poder venderlo como terreno para viviendas, industrias y establecimientos turísticos-, a lo largo del siglo XX se hicieron grandes obras de canalización, dragado, rellenos y embalses.

En condiciones naturales, los sedimentos arrastrados por el río servían para restablecer los sectores costeros erosionados por el oleaje, las mareas y las tormentas. Las acumulaciones de sedimentos servían asimismo como barrera para contener la intrusión de agua salada del mar y en ellas crecía una tupida vegetación que amortiguaba el embate de tormentas y huracanes. Para decirlo en pocas palabras: los humedales que la rodeaban eran las defensas naturales de Nueva Orleáns y de un amplio sector de la costa de Luisiana.

Pero esas defensas naturales fueron destruidas, con los mismos argumentos que ahora se esgrimen en México para destruir los humedales: que es necesario aprovechar esos terrenos y crear fuentes de empleo. Los humedales del delta del Mississippi fueron sistemáticamente desecados, cada vez con mayor velocidad. A mediados de este año, antes de la llegada de Katrina, el ritmo de desecación era de más de una hectárea cada 60 minutos.

En lugar de las defensas naturales, se levantaron diques y más diques: 560 kilómetros tan sólo alrededor de Nueva Orleáns, que quedó así ubicada en el fondo de una especie de tazón, rodeada de agua cuyo nivel era varios metros más alto que la propia ciudad, y sin más protección que los diques. Dicho sea de paso, las obras básicas de canalización y construcción de terraplenes para desecar terrenos fueron realizadas con dinero del gobierno norteamericano por el Cuerpo de Ingenieros del ejército, pero los beneficiarios fueron los especuladores de tierras que los vendieron para viviendas, fábricas y comercios.

Entonces llegó Katrina, con sus copiosas lluvias y su marea de tempestad. Este fenómeno, que acompaña a los huracanes, consiste en una elevación anómala del nivel del mar debido al empuje del viento y la baja presión en el centro del huracán. A él se suman la marea alta normal y el oleaje de varios metros de altura causado por los vientos. El resultado es una enorme masa de agua marina que invade las zonas bajas en la franja costera.

De haber existido, los antiguos humedales hubieran absorbido la marea de tempestad. Pero, carente de ellos, Nueva Orleáns -y otras poblaciones cercanas- la recibieron de lleno. El nivel del río y el lago subieron al recibir ese enorme volumen de agua marina y finalmente algunos de los diques cedieron y el agua se precipitó hacia el tazón.

Todo esto -hay que subrayarlo- se esperaba. Desde hace años los científicos venían advirtiendo de las consecuencias que tendría la destrucción de los humedales en el delta del Mississippi y pedían urgentes medidas para evitar el desastre. Pero no se les hizo caso. Prevalecieron los intereses de los grandes especuladores de tierras. Y ellos, finalmente, no perdieron nada. Quienes lo perdieron todo fueron quienes compraron viviendas en esos terrenos inundables ahora bajo dos o tres metros de agua.

Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena. Por eso no creo que las autoridades mexicanas vayan a escarmentar en pantano ajeno y les sirva de experiencia lo ocurrido en Nueva Orleáns. Por lo demás, tampoco les interesa aprender, pues también obedecen a grandes y oscuros intereses. Para favorecer a los especuladores, se permite la criminal destrucción de humedales -como los de Cancún-fundamentales para la protección de la zona costera. Y se está haciendo a pesar igualmente de las advertencias de los científicos. No hay que olvidar que el ahora precandidato panista Alberto Cárdenas Jiménez, cuando era secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, anuló de un plumazo la Norma 022 de protección a los humedales y autorizó que sean devastados, a cambio de vagas e indefinidas “medidas de compensación”.

 

 

 

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