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Fecha
de publicación: miércoles 26 de abril de 2006
Visiones
del paraíso
Hace poco,
en una de esas conversaciones que se deslizan hacia las reflexiones fi-losóficas,
surgió una pregunta interesante: si la vida comienza al nacer y
termina al mo-rir, ¿por qué a los seres humanos nos inquieta
tanto saber qué habrá después de la muerte —si
es que algo hay— y en cambio no nos interesa saber qué hubo
antes de na-cer?
Eso me
recordó un texto de Isaac Asimov, el gran científico y maestro
de la cien-cia ficción. Lo busqué en mis archivos, y al
releerlo encontré unas buenas respuestas. Ateo convencido como
lo fue hasta el fin de su vida, Asimov señala que “a pesar
de la falta absoluta de pruebas, una gran mayoría acepta sin ninguna
duda la existencia de la vida después de la muerte porque tales
pensamientos son muy reconfortantes y estimu-lantes y acaban con la idea
terrible de morir.”
Ello probablemente
se debe, dice, a que “la especie humana es la única que comprende
que la muerte es inevitable”, y que cuando los hombres cayeron en
la cuen-ta de ello, deben haber experimentado un terrible choque emocional
y una gran desa-zón. Para que la idea de morir les resultara más
tolerable, se han de haber reconfortado imaginando que aquello no era
el fin, sino sólo un paso hacia otra vida, que incluso po-día
ser más placentera. Y así nació el concepto del paraíso.
Después
vendría el concepto de infierno como un lugar de castigo en que
quienes se portaran mal en esta vida, no creyeran en Dios o no obedecieran
a los sacerdotes, sufrirían atroces tormentos por toda la eternidad.
Pero eso es harina de otro costal. Lo que me interesa por ahora es la
forma en que las diferentes religiones conciben el pa-raíso.
“El
Cielo islámico —escribía Asimov— tiene sus huríes,
siempre disponibles y virgi-nales, de manera que se convierte en una casa
de sexo eterna. El Cielo vikingo tiene a sus héroes celebrando
banquetes en el Valhalla y luchando unos con otros entre festín
y festín, de manera que se convierte en un restaurante y un campo
de batalla eterno. Y nuestro propio Cielo por lo general se representa
como un lugar en el que todo el mun-do tiene alas, toca el arpa y canta
himnos interminables de alabanza a Dios. ¿Qué ser humano
con una inteligencia media puede creer en ninguno de esos cielos, o de
los otros que ha inventado la gente? ¿Dónde hay un cielo
con la posibilidad de leer, escribir, explorar, de mantener una conversación
interesante o de realizar investigaciones cientí-ficas? Nunca he
oído que exista ninguno.” Sencillamente, comenta Asimov,
“la imagina-ción nunca ha logrado construir un Cielo útil.”
Y coincido
con él en que después de la muerte no me gustaría
ir a dar a ese cielo de ángeles, nubes y música celestial
y estar ahí toda la eternidad tañendo un arpa. Me sentiría
—valga la redundancia— mortalmente aburrido. Pero no pienso
convertirme al islamismo a cambio de la promesa —bastante más
atractiva desde luego— de pasarme los siglos de los siglos acariciado
por docenas de complacientes beldades (y, por cierto, ¿qué
placeres esperan en la otra vida a las mujeres musulmanas?). Tampoco me
intere-san las comilonas y los combates del paraíso vikingo.
Me adhiero
a lo que decía Asimov: “Puesto que soy ateo y no creo que
existan Dios ni el diablo, el cielo ni el infierno, sólo puedo
suponer que cuando muera todo lo que habrá será una eternidad
hecha de nada. Después de todo, el Universo existía quin-ce
mil millones de años antes de que yo naciera, y yo (quienquiera
que sea ese «yo») sobreviví a todo eso en el «no
ser».”
Ya sé
que a mucha gente puede parecerle terrible la perspectiva de que después
de morir no haya nada —y es precisamente ese temor lo que la lleva
a la religión y sus promesas de vida eterna—, pero a mí
no. Como señalaba Asimov, después de todo “no hay
nada aterrador en dormir eternamente. Sin duda, es mejor que el tormento
eterno del infierno o el tedio eterno del cielo.”
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Fecha
de publicación: jueves 16 de marzo de 2006
Nuevos
miembros
de la fauna mexicana
Los ornitólogos
están de plácemes, pues la avifauna mexicana se ha visto
enri-quecida en los últimos tiempos con el hallazgo de cuatro nuevas
especies de chacha-lacas hasta entonces desconocidas, que vienen a sumarse
a las tres ya registradas en el país. Ambas tres —como diría
nuestro señor Presidente— pertenecen al género Or-talis
y una, la O. vetula, es residente de estas tierras peninsulares, donde
se le cono-ce como baach en lengua maya.
Antes
de mencionar los nuevos descubrimientos, sin embargo, hay que recordar
que las chachalacas son aves tropicales relativamente grandes y con cierto
parecido a las gallinas y los pollos. No son muy llamativas y es difícil
verlas, ya que tienen pluma-je de colores apagados que se confunde con
la vegetación y pasan gran parte del tiempo ocultas entre el ramaje
de los árboles, dedicadas a su incesante búsqueda de insectos,
semillas, brotes y hojas tiernas o a la atención de los huevos
y polluelos. Pero es frecuente escuchar su canto, sobre todo por las mañanas
y al atardecer, cuando las bandadas organizan estridentes coros en los
que una comienza a cantar y pronto las demás la secundan, repitiendo
una y otra vez su áspero y rítmico ritornelo, cha-ca-lac,
cha-ca-lac, del cual por onomatopeya proviene el nombre común de
cha-chalaca.
Pues bien,
como decíamos, resulta que además de esas tres chachalacas
silves-tres, se han descubierto en México otras cuatro especies
urbanas del mismo género, que fueron clasificadas científicamente
como Ortalis foxiana, O. calderoni, O. ma-drazii y O. saliniensi.
La primera,
la Ortalis foxiana, se conoce popularmente como chachalaca con botas o
chachalaca mayor. El macho es de gran talla pero corta inteligencia. La
hem-bra, mucho más pequeña, es la dominante en la pareja.
La chachalaca con botas se caracteriza por ser especialmente vocinglera,
sobre todo cuando se encuentra ante aves de otras especies. Sin embargo,
su gorjeo muchas veces resulta muy confuso y lo repite, con algunas variaciones
y un poco más claramente, cierto pajarillo que la acompaña
y que parece cumplir funciones de vocero, traductor o intérprete.
La Ortalis
calderoni o chachalaca de anteojitos, también llamada chachalaca
blanquiazul, es de reducida talla. Su rasgo distintivo es que anda siempre
a tropezo-nes y no logra remontar vuelo, aunque lo intenta empeñosa
y repetidamente y aspira a conquistar las alturas para ubicarse en la
más alta posición, por encima de todas las aves. Cambia
con frecuencia de plumaje para intentar ser más atractiva y mejorar
su capacidad de vuelo, pero sigue siendo muy torpe y poco llamativa.
La tercera
especie, la Ortalis madrazii, chachalaca tricolor en el lenguaje co-mún,
es originaria del sureste de México. Tiene un canto muy especial,
apagado, un tanto en sordina, diferente a los tonos agudos y penetrantes
de las demás. Pendencie-ra por naturaleza, se enzarza en violentas
peleas con otros miembros de su propio grupo, a los que constantemente
ataca a picotazos o de los cuales recibe agresiones similares. Como resultado
de tales disputas, las bandadas de chachalaca tricolor se fragmentan y
disminuyen en número, a la vez que van quedando cada vez más
aisla-das. Esta especie tiene también como rasgo característico
un marcado instinto de competencia territorial con otra ave procedente
de la misma región del país: el gallo amarillo Pejelagartinus
obradoris, al cual no cesa de retar, provocar y atacar con in-tención
de arrancarle algunas plumas.
La más
reciente adición al listado ornitológico mexicano es la
Ortalis saliniensi, conocida en el habla popular con muchos nombres comunes,
pero principalmente co-mo chachalaca orejuda y chachalaca pelona. En una
época fue la especie dominante en el país, pero hace años
perdió esa posición. Es endémica de la región
de Aguale-guas, en el norte, pero ha desarrollado fuertes hábitos
migratorios y se la pasa viajando especialmente entre Irlanda y México.
También se le llama chachalaca asesina por su especial tendencia
a matar aves de plumaje amarillo. En sus buenos tiempos aniquiló
sangrientamente a cientos de ellas, ante las cuales, sin embargo, se compor-taba
como si no las oyera ni las viera. Sus gritos más estridentes prefiere
lanzarlos ante halcones y buitres —con los cuales mantiene estrechas
relaciones simbióticas— mientras percha en sitios del extranjero,
sobre todo de los Estados Unidos, región por la cual parece tener
una especial predilección.
Estas
son, pues, las más recientes adiciones a la avifauna mexicana.
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