Cancún, Quintana Roo,
   

Juan José Morales Barbosa

juanjose@cancun.com.mx

Escrutinio

 

 
 
 

Fecha de publicación: miércoles 26 de abril de 2006

 

Visiones del paraíso

 

Hace poco, en una de esas conversaciones que se deslizan hacia las reflexiones fi-losóficas, surgió una pregunta interesante: si la vida comienza al nacer y termina al mo-rir, ¿por qué a los seres humanos nos inquieta tanto saber qué habrá después de la muerte —si es que algo hay— y en cambio no nos interesa saber qué hubo antes de na-cer?

Eso me recordó un texto de Isaac Asimov, el gran científico y maestro de la cien-cia ficción. Lo busqué en mis archivos, y al releerlo encontré unas buenas respuestas. Ateo convencido como lo fue hasta el fin de su vida, Asimov señala que “a pesar de la falta absoluta de pruebas, una gran mayoría acepta sin ninguna duda la existencia de la vida después de la muerte porque tales pensamientos son muy reconfortantes y estimu-lantes y acaban con la idea terrible de morir.”

Ello probablemente se debe, dice, a que “la especie humana es la única que comprende que la muerte es inevitable”, y que cuando los hombres cayeron en la cuen-ta de ello, deben haber experimentado un terrible choque emocional y una gran desa-zón. Para que la idea de morir les resultara más tolerable, se han de haber reconfortado imaginando que aquello no era el fin, sino sólo un paso hacia otra vida, que incluso po-día ser más placentera. Y así nació el concepto del paraíso.

Después vendría el concepto de infierno como un lugar de castigo en que quienes se portaran mal en esta vida, no creyeran en Dios o no obedecieran a los sacerdotes, sufrirían atroces tormentos por toda la eternidad. Pero eso es harina de otro costal. Lo que me interesa por ahora es la forma en que las diferentes religiones conciben el pa-raíso.

“El Cielo islámico —escribía Asimov— tiene sus huríes, siempre disponibles y virgi-nales, de manera que se convierte en una casa de sexo eterna. El Cielo vikingo tiene a sus héroes celebrando banquetes en el Valhalla y luchando unos con otros entre festín y festín, de manera que se convierte en un restaurante y un campo de batalla eterno. Y nuestro propio Cielo por lo general se representa como un lugar en el que todo el mun-do tiene alas, toca el arpa y canta himnos interminables de alabanza a Dios. ¿Qué ser humano con una inteligencia media puede creer en ninguno de esos cielos, o de los otros que ha inventado la gente? ¿Dónde hay un cielo con la posibilidad de leer, escribir, explorar, de mantener una conversación interesante o de realizar investigaciones cientí-ficas? Nunca he oído que exista ninguno.” Sencillamente, comenta Asimov, “la imagina-ción nunca ha logrado construir un Cielo útil.”

Y coincido con él en que después de la muerte no me gustaría ir a dar a ese cielo de ángeles, nubes y música celestial y estar ahí toda la eternidad tañendo un arpa. Me sentiría —valga la redundancia— mortalmente aburrido. Pero no pienso convertirme al islamismo a cambio de la promesa —bastante más atractiva desde luego— de pasarme los siglos de los siglos acariciado por docenas de complacientes beldades (y, por cierto, ¿qué placeres esperan en la otra vida a las mujeres musulmanas?). Tampoco me intere-san las comilonas y los combates del paraíso vikingo.

Me adhiero a lo que decía Asimov: “Puesto que soy ateo y no creo que existan Dios ni el diablo, el cielo ni el infierno, sólo puedo suponer que cuando muera todo lo que habrá será una eternidad hecha de nada. Después de todo, el Universo existía quin-ce mil millones de años antes de que yo naciera, y yo (quienquiera que sea ese «yo») sobreviví a todo eso en el «no ser».”

Ya sé que a mucha gente puede parecerle terrible la perspectiva de que después de morir no haya nada —y es precisamente ese temor lo que la lleva a la religión y sus promesas de vida eterna—, pero a mí no. Como señalaba Asimov, después de todo “no hay nada aterrador en dormir eternamente. Sin duda, es mejor que el tormento eterno del infierno o el tedio eterno del cielo.”

 

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Fecha de publicación: jueves 16 de marzo de 2006

 

Nuevos miembros
de la fauna mexicana

 

Los ornitólogos están de plácemes, pues la avifauna mexicana se ha visto enri-quecida en los últimos tiempos con el hallazgo de cuatro nuevas especies de chacha-lacas hasta entonces desconocidas, que vienen a sumarse a las tres ya registradas en el país. Ambas tres —como diría nuestro señor Presidente— pertenecen al género Or-talis y una, la O. vetula, es residente de estas tierras peninsulares, donde se le cono-ce como baach en lengua maya.

Antes de mencionar los nuevos descubrimientos, sin embargo, hay que recordar que las chachalacas son aves tropicales relativamente grandes y con cierto parecido a las gallinas y los pollos. No son muy llamativas y es difícil verlas, ya que tienen pluma-je de colores apagados que se confunde con la vegetación y pasan gran parte del tiempo ocultas entre el ramaje de los árboles, dedicadas a su incesante búsqueda de insectos, semillas, brotes y hojas tiernas o a la atención de los huevos y polluelos. Pero es frecuente escuchar su canto, sobre todo por las mañanas y al atardecer, cuando las bandadas organizan estridentes coros en los que una comienza a cantar y pronto las demás la secundan, repitiendo una y otra vez su áspero y rítmico ritornelo, cha-ca-lac, cha-ca-lac, del cual por onomatopeya proviene el nombre común de cha-chalaca.

Pues bien, como decíamos, resulta que además de esas tres chachalacas silves-tres, se han descubierto en México otras cuatro especies urbanas del mismo género, que fueron clasificadas científicamente como Ortalis foxiana, O. calderoni, O. ma-drazii y O. saliniensi.

La primera, la Ortalis foxiana, se conoce popularmente como chachalaca con botas o chachalaca mayor. El macho es de gran talla pero corta inteligencia. La hem-bra, mucho más pequeña, es la dominante en la pareja. La chachalaca con botas se caracteriza por ser especialmente vocinglera, sobre todo cuando se encuentra ante aves de otras especies. Sin embargo, su gorjeo muchas veces resulta muy confuso y lo repite, con algunas variaciones y un poco más claramente, cierto pajarillo que la acompaña y que parece cumplir funciones de vocero, traductor o intérprete.

La Ortalis calderoni o chachalaca de anteojitos, también llamada chachalaca blanquiazul, es de reducida talla. Su rasgo distintivo es que anda siempre a tropezo-nes y no logra remontar vuelo, aunque lo intenta empeñosa y repetidamente y aspira a conquistar las alturas para ubicarse en la más alta posición, por encima de todas las aves. Cambia con frecuencia de plumaje para intentar ser más atractiva y mejorar su capacidad de vuelo, pero sigue siendo muy torpe y poco llamativa.

La tercera especie, la Ortalis madrazii, chachalaca tricolor en el lenguaje co-mún, es originaria del sureste de México. Tiene un canto muy especial, apagado, un tanto en sordina, diferente a los tonos agudos y penetrantes de las demás. Pendencie-ra por naturaleza, se enzarza en violentas peleas con otros miembros de su propio grupo, a los que constantemente ataca a picotazos o de los cuales recibe agresiones similares. Como resultado de tales disputas, las bandadas de chachalaca tricolor se fragmentan y disminuyen en número, a la vez que van quedando cada vez más aisla-das. Esta especie tiene también como rasgo característico un marcado instinto de competencia territorial con otra ave procedente de la misma región del país: el gallo amarillo Pejelagartinus obradoris, al cual no cesa de retar, provocar y atacar con in-tención de arrancarle algunas plumas.

La más reciente adición al listado ornitológico mexicano es la Ortalis saliniensi, conocida en el habla popular con muchos nombres comunes, pero principalmente co-mo chachalaca orejuda y chachalaca pelona. En una época fue la especie dominante en el país, pero hace años perdió esa posición. Es endémica de la región de Aguale-guas, en el norte, pero ha desarrollado fuertes hábitos migratorios y se la pasa viajando especialmente entre Irlanda y México. También se le llama chachalaca asesina por su especial tendencia a matar aves de plumaje amarillo. En sus buenos tiempos aniquiló sangrientamente a cientos de ellas, ante las cuales, sin embargo, se compor-taba como si no las oyera ni las viera. Sus gritos más estridentes prefiere lanzarlos ante halcones y buitres —con los cuales mantiene estrechas relaciones simbióticas— mientras percha en sitios del extranjero, sobre todo de los Estados Unidos, región por la cual parece tener una especial predilección.

Estas son, pues, las más recientes adiciones a la avifauna mexicana.

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